DÍA 22: EL AMOR ES FIEL
“Yo te desposaré conmigo para siempre; te desposaré conmigo en justicia y en derecho, en amor y en compasión; te desposaré conmigo en fidelidad, y tú conocerás al Señor.” (Os 2,21-22)
Meditación
Como cristianos, el amor forma parte esencial de nuestra identidad. Dios nos amó primero y manifestó plenamente ese amor al entregarnos a su Hijo: “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16).
Por medio de Cristo hemos recibido una vida nueva. Este renacimiento espiritual es obra de la gracia de Dios, que nos llama a dejar atrás el pecado y a vivir como hijos suyos.
Jesús enseñó que el mandamiento principal consiste en amar a Dios con todo el corazón y al prójimo como a uno mismo (cf. Lc 10,27). También dijo: “En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros” (Jn 13,35).
El amor cristiano no debe estancarse. Está llamado a crecer, purificarse y madurar. San Pablo ruega: “Que el Señor os haga progresar y sobreabundar en el amor de unos con otros y para con todos” (1 Tes 3,12).
La fidelidad cristiana no nace únicamente del sentimiento.
Es una decisión libre, sostenida por la gracia de Dios, que busca el bien del otro incluso cuando amar exige paciencia, sacrificio y perseverancia.
El libro de Oseas presenta un fuerte signo profético del amor de Dios. Por medio de la historia del profeta y de su esposa, la Escritura muestra la fidelidad del Señor frente a la infidelidad de su pueblo.
Oseas amó a una mujer que se alejó de él y quebrantó la alianza matrimonial. Con el tiempo, Dios le pidió que volviera a buscarla. Oseas pagó el precio necesario para rescatarla y la llevó nuevamente a su casa (cf. Os 3,1-3).
Este relato profético no debe entenderse como una norma aplicable de manera automática a todas las situaciones matrimoniales. Su finalidad es revelar algo más profundo: Dios permanece fiel y continúa llamando a su pueblo a la conversión.
Nosotros también hemos rechazado muchas veces el amor de Dios. Hemos actuado según nuestra voluntad, nos hemos alejado de sus mandamientos y, en ocasiones, hemos recibido su llamado como una molestia o una limitación.
Sin embargo, Dios no deja de amarnos.
Su amor no ignora el pecado ni elimina nuestra responsabilidad. Él nos llama a reconocer nuestras faltas, arrepentirnos y volver a su presencia. Pero incluso cuando somos infieles, Él permanece fiel: “Si somos infieles, Él permanece fiel, pues no puede negarse a sí mismo” (2 Tim 2,13).
En Cristo encontramos la prueba definitiva de ese amor: “En Él tenemos por medio de su sangre la redención, el perdón de los delitos, según la riqueza de su gracia” (Ef 1,7).
Jesús nos llamó a una forma de amar que supera la simple reciprocidad: “Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odien, bendecid a los que os maldigan, rogad por los que os difamen” (Lc 6,27-28).
Esto no significa que debas considerar a tu cónyuge como enemigo. Significa que el amor cristiano no depende únicamente de recibir afecto, reconocimiento o gratitud.
Habrá momentos en que tus intentos de acercamiento sean rechazados. Habrá heridas, distancia o decepción. En esas circunstancias, la fidelidad te invita a no responder con venganza, desprecio o indiferencia.
Pero amar no significa justificar el pecado, permitir abusos, ocultar situaciones graves ni renunciar a la verdad. El amor debe ejercerse con prudencia, dignidad y justicia.
Algunas parejas, después de una traición, se separan emocionalmente aun cuando continúan compartiendo la misma casa. Otras se resignan a una convivencia vacía, sin buscar sinceramente la sanación, la verdad o la reconciliación.
Ese no es el ideal del discípulo de Cristo. El amor fiel no se limita a guardar apariencias. Busca la conversión del corazón, la reparación del daño y, cuando es posible, la restauración verdadera de la comunión matrimonial.
Puedes ofrecer a tu cónyuge un amor que no dependa completamente de lo que recibes, porque Dios te ha amado gratuitamente: “La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros” (Rm 5,8).
Esta clase de amor no surge solo de tu carácter ni de tu fuerza de voluntad. Es fruto de la gracia: “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rm 5,5).
Pídele al Señor que te llene de ese amor. Después, decide expresarlo a tu cónyuge con gestos concretos que reflejen gratitud, misericordia, verdad y perseverancia.
Ese es el poder de la fidelidad.
El desafío de hoy
Recuerda que el amor no se limita a un sentimiento cambiante. Es también una decisión libre y una acción concreta, sostenida por la gracia de Dios.
Elige hoy comprometerte nuevamente con el bien de tu matrimonio, aun si tu cónyuge no responde como esperas.
Dile con sinceridad: “Te amo. Elijo amarte y buscar tu bien, aun cuando no reciba inmediatamente lo mismo de ti.”
Después, acompaña esas palabras con una acción concreta de amor, respeto o servicio.
Oración que puedes realizar
Señor,
Tú permaneces fiel incluso cuando yo me alejo, me cierro o dejo de amar como debería.
Gracias porque tu misericordia no abandona al pecador, sino que lo llama a volver a Ti.
Hoy te pido que derrames tu amor en mi corazón por medio del Espíritu Santo.
Enséñame a amar a mi cónyuge con paciencia, verdad, misericordia y fidelidad.
Líbrame del orgullo, de la indiferencia, del resentimiento y del deseo de responder al mal con más mal.
Dame sabiduría para discernir, fortaleza para permanecer en el bien y humildad para reconocer aquello que debo cambiar.
Que nunca confunda la fidelidad con guardar apariencias, ni el perdón con justificar lo que está mal.
Ayúdanos a buscar la verdad, la conversión, la reparación de nuestras heridas y la restauración de nuestra comunión.
Que nuestro matrimonio sea reflejo de tu alianza fiel y de tu amor que nunca se cansa de llamar, sanar y renovar.
Amén.