DÍA 27: EL AMOR ALIENTA
“Guarda mi vida y líbrame, no quede yo avergonzado, porque me refugio en ti.” (Sal 25,20)
Meditación
El matrimonio puede cambiar nuestra manera de mirar a la persona que amamos.
Comenzamos la vida matrimonial esperando que nuestro cónyuge satisfaga muchas de nuestras necesidades, cumpla nuestras expectativas y nos ayude a ser felices.
Sin embargo, ningún esposo ni ninguna esposa puede responder perfectamente a todo lo que el otro espera.
Cuando nuestras expectativas no son realistas, pueden convertirse en una fuente constante de decepción, crítica y frustración.
Cuanto más exigimos que nuestro cónyuge corresponda exactamente a la persona que hemos imaginado, más fácilmente terminamos observando sus fallas y olvidando sus cualidades.
Una esposa podría esperar que su esposo siempre llegue a tiempo, comprenda de inmediato todas sus necesidades, recuerde cada detalle importante y responda en todo momento con ternura y madurez.
Un esposo podría esperar que su esposa conserve siempre el mismo ánimo, atienda todas sus necesidades sin cansarse, comprenda lo que él piensa sin necesidad de explicaciones y responda exactamente como él desea.
Estas expectativas olvidan que ambos son seres humanos, limitados, imperfectos y necesitados de la gracia de Dios.
Esto no significa conformarse con la irresponsabilidad, la indiferencia o el pecado. Tampoco significa renunciar a conversar sobre las necesidades legítimas del matrimonio.
Significa aprender a distinguir entre aquello que realmente debe corregirse y aquello que simplemente no coincide con nuestras preferencias personales.
El amor no intenta convertir al cónyuge en una copia de nuestras expectativas.
El amor aprende a reconocer quién es verdaderamente la otra persona, acompaña su crecimiento y la anima a responder al proyecto que Dios tiene para su vida.
Las expectativas irreales pueden deteriorar gravemente un matrimonio cuando se convierten en reproches constantes, descalificaciones o exigencias imposibles de satisfacer.
Por eso, es necesario realizar una transición en nuestra forma de pensar.
Debemos aprender a vivir guiados por el aliento, en lugar de vivir gobernados por la exigencia.
Con la ayuda de Dios y mediante un amor paciente, es posible que, con el paso del tiempo, nuestro cónyuge sea más responsable, atento o amable.
Sin embargo, el amor no condiciona todo su trato a que el otro cambie primero.
El amor se concentra también en la propia responsabilidad y evita exigir continuamente aquello que uno mismo no está dispuesto a ofrecer.
Examina primero tus propias expectativas
Jesús habló de una persona que observaba la brizna en el ojo de su hermano, pero no advertía la viga que tenía en el suyo.
Él enseñó: “¿Cómo puedes decir a tu hermano: ‘Deja que saque la brizna de tu ojo’, teniendo la viga en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la brizna del ojo de tu hermano” (Mt 7,4-5).
¿Siente tu cónyuge que vive junto a una persona que inspecciona continuamente sus fallas?
¿Percibe con mayor frecuencia tus reproches que tu agradecimiento?
¿Vive temeroso de no estar a la altura de tus expectativas?
Quizá consideres que la dificultad se encuentra principalmente en tu cónyuge. Sin embargo, conviene preguntarte si también existen aspectos de tu conducta, de tu forma de hablar o de tus expectativas que necesitan ser revisados.
Los dos esposos deben hacer cuanto esté en sus manos para que el matrimonio funcione.
Esto no significa que debas ignorar los problemas reales ni callar siempre para evitar el conflicto.
Puedes expresar lo que piensas, presentar una necesidad y señalar una conducta dañina. Pero debes procurar hacerlo con verdad, prudencia y caridad.
En muchos casos, una persona responde mejor a una corrección respetuosa y concreta que a una larga serie de críticas, comparaciones o descalificaciones.
San Pablo enseña: “Que no salga de vuestra boca palabra dañosa, sino la que sea conveniente para edificar según la necesidad y hacer el bien a los que os escuchen” (Ef 4,29).
Recuerda cómo comenzaste a amar
Cuando comenzaste la relación con tu cónyuge, probablemente hiciste muchas cosas para agradarle.
Eras más paciente con sus limitaciones, escuchabas con mayor atención y estabas dispuesto a realizar pequeños cambios para fortalecer la relación.
Sin embargo, con el paso del tiempo, la desaprobación del otro puede llegar a parecer más importante que el cariño que antes expresabas.
En lugar de ayudarle a corregir una conducta concreta, una actitud crítica permanente puede hacerle sentir que nunca será suficiente para ti.
Cuando alguien se siente continuamente juzgado, su reacción natural puede ser defenderse, resistirse, esconder sus errores o alejarse emocionalmente.
El amor, en cambio, comprende que el cónyuge necesita un espacio seguro para expresarse, reconocer sus debilidades y continuar creciendo.
Esto no significa permitir que la persona haga cuanto quiera ni renunciar a los límites necesarios.
Significa que la corrección no debe destruir la dignidad de quien la recibe.
Anima a tu cónyuge a desarrollar sus dones
El amor es demasiado sabio para pretender colocar al cónyuge dentro de un molde diseñado únicamente por nuestras preferencias.
En lugar de exigirle que sea otra persona, el amor aprende a reconocer los dones, capacidades y cualidades que Dios ha depositado en él o en ella.
Quizá tu cónyuge no posea todas las características que imaginabas, pero puede tener virtudes que no has sabido valorar suficientemente.
Puede ser generoso, trabajador, perseverante, sensible, prudente, servicial o profundamente fiel, aunque también tenga áreas que necesitan madurar.
Alentar no significa elogiar falsamente ni negar los defectos.
Significa reconocer sinceramente el bien, agradecer los esfuerzos y ayudar al otro a crecer conforme a la voluntad de Dios, no conforme a una imagen fabricada por nuestras exigencias.
La Escritura exhorta: “Fortaleced las manos débiles, afianzad las rodillas vacilantes. Decid a los de corazón intranquilo: ‘¡Ánimo, no temáis!’” (Is 35,3-4).
También san Pablo enseña: “Animaos mutuamente y edificaos los unos a los otros” (1 Tes 5,11).
Estas palabras pueden aplicarse de una manera muy concreta dentro del matrimonio.
Tu esposo o tu esposa necesita saber que reconoces sus esfuerzos, que valoras sus cualidades y que no deseas verlo fracasar.
También necesita saber que puede crecer y mejorar sin que cada tropiezo sea utilizado para definir toda su persona.
El matrimonio también es un camino de santificación
El matrimonio está llamado a ser una relación en la que los esposos puedan compartir la vida, disfrutar del amor conyugal y encontrar compañía.
Pero no existe solamente para ofrecer comodidad o satisfacción emocional.
El matrimonio sacramental es también un camino de santificación, en el que dos personas imperfectas aprenden a amar, perdonar, servir y crecer juntas en la gracia de Dios.
Esto significa que habrá diferencias, debilidades y momentos en los que ambos necesitarán paciencia.
Los esposos no están llamados a desalentarse mutuamente, sino a sostenerse mientras avanzan hacia Dios.
Alentar a tu cónyuge no significa obligarlo a cambiar según tus deseos, sino ayudarle a descubrir la persona que Dios le está llamando a ser.
La corrección tiene su lugar, pero debe ir acompañada de paciencia, esperanza y reconocimiento del bien.
La persona que se siente amada y respetada suele encontrar más fuerzas para reconocer sus errores y continuar creciendo.
Por eso, comprométete a abandonar poco a poco las expectativas poco realistas y a convertirte en una fuente de aliento para tu cónyuge.
Quizá, al sentirse acompañado en lugar de condenado, comience a surgir en él o en ella una nueva confianza y una mayor disposición para corresponder a tu amor.
El desafío de hoy
Examina las expectativas que has colocado sobre tu cónyuge.
Identifica un área en la que quizá le has exigido demasiado o has esperado que responda exactamente como tú deseas.
Habla con él o con ella con humildad y dile que reconoces que algunas de tus expectativas pudieron haber sido poco realistas.
Evita convertir la conversación en una nueva corrección o en una lista de aquello que todavía debe cambiar.
Prométele que intentarás comprender mejor su manera de ser, respetar sus procesos y valorar con mayor atención sus esfuerzos.
Reafirma tu compromiso de amarle con fidelidad, verdad y perseverancia.
Después, menciona al menos una cualidad, esfuerzo o don concreto que reconoces en tu cónyuge y agradécelo sinceramente.
Pregúntate:
- ¿En qué áreas he esperado demasiado de mi cónyuge?
- ¿Mis expectativas respetan su dignidad, sus límites y su manera de ser?
- ¿Reconozco con frecuencia sus esfuerzos o sólo menciono sus errores?
- ¿Cómo puedo ayudarle a desarrollar los dones que Dios le ha concedido?
Oración que puedes realizar
Señor,
gracias por la vida de mi esposo o de mi esposa.
Perdóname por las veces en que he observado más sus defectos que sus cualidades.
Perdóname por las expectativas poco realistas que he colocado sobre su vida y por las veces en que he querido que responda exactamente como yo esperaba.
Ayúdame a distinguir entre aquello que verdaderamente necesita ser corregido y aquello que sólo pertenece a mis preferencias personales.
Líbrame de la crítica constante, de las comparaciones y de las palabras que desalientan.
Dame sabiduría para hablar con verdad, pero también con prudencia y caridad.
Enséñame a reconocer los dones, las virtudes y los esfuerzos de mi cónyuge.
Que mis palabras le ayuden a crecer y no destruyan su confianza.
Dame paciencia para acompañar sus procesos y humildad para reconocer que yo también necesito cambiar.
Ayúdame a amarle como la persona real que es, sin intentar convertirle en una imagen creada por mis deseos.
Permíteme colaborar contigo para que descubra y desarrolle los dones que Tú le has concedido.
Que nuestro matrimonio sea un lugar seguro para hablar, aprender, corregirnos y volver a comenzar.
Enséñanos a alentarnos mutuamente en el camino hacia la santidad.
No permitas que intente cambiar a mi cónyuge según mis propios deseos, sino que aprenda a pedir que se cumpla tu voluntad en su vida.
Haznos crecer en un amor fiel, paciente y perseverante, capaz de reconocer el bien y de sostenernos en nuestras debilidades.
Amén.