DÍA 24: EL AMOR EN OPOSICIÓN A LA LUJURIA
“El mundo y sus concupiscencias pasan; pero quien cumple la voluntad de Dios permanece para siempre.” (1 Jn 2,17)
Meditación
Adán y Eva tenían todo lo que necesitaban en el jardín del Edén. Disfrutaban de la comunión con Dios y de una intimidad limpia y verdadera entre ellos.
A pesar de ello, cuando Eva escuchó a la serpiente, vio que el fruto prohibido era apetecible y lo deseó con todo su corazón. Poco tiempo después, Adán participó también de ese deseo y, contrariando el mandato de Dios, ambos comieron del fruto.
Así suele desarrollarse la tentación: comienza atrayendo la mirada, despierta un deseo en el corazón y después procura conducir la voluntad hacia la acción.
Sin embargo, la tentación no es todavía pecado. El pecado se produce cuando la persona consiente libremente al deseo desordenado y decide actuar en contra de la voluntad de Dios.
La carta de Santiago explica: “Cada uno es tentado por su propia concupiscencia, que le atrae y le seduce. Después la concupiscencia, cuando ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, una vez consumado, engendra muerte” (St 1,14-15).
Nosotros también tenemos cuanto necesitamos para vivir una vida plena, fecunda y orientada hacia Dios. La Escritura recuerda: “Nada hemos traído al mundo, y nada podemos llevarnos de él” (1 Tim 6,7).
La Biblia va todavía más lejos y nos invita a contentarnos con tener lo necesario, confiando en la providencia del Padre. Jesús mismo enseñó que Dios conoce nuestras necesidades y cuida de sus hijos (cf. Mt 6,25-34).
Sin embargo, las bendiciones de Dios sobrepasan tanto nuestras necesidades materiales que podríamos reconocer que, en realidad, no nos falta lo esencial.
Aun así, del mismo modo que ocurrió con Adán y Eva, muchas veces ponemos los ojos y el corazón en la búsqueda desordenada del placer, de la posesión o de aquello que creemos que podría hacernos felices al margen de Dios.
La lujuria no es amor.
La lujuria busca poseer, utilizar o consumir. El amor verdadero reconoce la dignidad de la persona, procura su bien y sabe respetar los límites establecidos por Dios.
Intentamos satisfacer necesidades legítimas de maneras ilegítimas. Algunos buscan satisfacción sexual en otra persona o en imágenes pornográficas diseñadas para aparentar cercanía, belleza y perfección, aunque en realidad deshumanizan a las personas y reducen su cuerpo a un objeto de consumo.
Miramos, fijamos los ojos y alimentamos fantasías. Después intentamos apartar la vista, pero cuando la curiosidad vuelve a capturar nuestros ojos, el corazón puede ceder.
Si no se pone un límite, la persona comienza a actuar en función de aquello que desea, aunque sepa que dañará su relación con Dios, su matrimonio y su propia libertad.
La lujuria no se limita únicamente al deseo sexual. Forma parte de la concupiscencia, es decir, de la inclinación desordenada que pretende alcanzar satisfacción sin respetar la verdad, la dignidad de la persona ni la voluntad de Dios.
También podemos codiciar posesiones, reconocimiento, poder o una ambición orgullosa. Vemos lo que tienen los demás y comenzamos a desearlo como si nuestra felicidad dependiera de conseguirlo.
El corazón se engaña y piensa: “Si tan solo tuviera esto, entonces podría ser feliz”.
Sin embargo, quienes buscan enriquecerse a cualquier precio pueden caer en tentaciones y deseos insensatos que terminan hundiendo su vida. San Pablo advierte que el amor al dinero es raíz de muchos males y que quienes se entregan a él se alejan de la fe y se ocasionan numerosos sufrimientos (cf. 1 Tim 6,9-10).
La lujuria y la codicia comparten una misma lógica interior: desear con pasión algo prohibido o convertir un bien limitado en la fuente absoluta de la propia felicidad.
Esto puede dirigirse hacia una persona, una relación, una posición social, una casa, un automóvil, una cantidad de dinero o cualquier cosa que prometa llenar el vacío del corazón.
Sin embargo, la persona o el objeto que parecía prometer satisfacción absoluta termina revelándose incapaz de saciar los deseos más profundos del alma.
El corazón humano fue creado para Dios. Por eso, cuando pretende encontrar plenitud definitiva en una criatura, tarde o temprano descubre que aquello no puede darle lo que solamente el Señor puede conceder.
La Escritura pregunta: “¿De dónde proceden las guerras y las contiendas entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, que luchan en vuestros miembros? Codiciáis y no poseéis; matáis y envidiáis sin conseguir nada; combatís y hacéis la guerra. No tenéis porque no pedís. Pedís y no recibís porque pedís mal, con la intención de malgastarlo en vuestras pasiones” (St 4,1-3).
La lujuria se opone al amor porque busca apropiarse de lo que desea, mientras que el amor sabe entregarse y reconoce que el otro no es un objeto destinado a satisfacer nuestras carencias.
La lujuria también puede llevarte a mirar a tu cónyuge con descontento. Te hace comparar, imaginar otras posibilidades y olvidar el don real que Dios ha puesto a tu lado.
Puede generar enojo, endurecer el corazón y destruir lentamente la gratitud. Lleva a sustituir la plenitud verdadera por una ilusión que nunca termina de satisfacer.
Ha llegado el momento de desenmascararla y reconocerla por lo que realmente es: una búsqueda equivocada de satisfacción que solamente Dios puede saciar plenamente.
La lujuria actúa como una luz de advertencia en el tablero de mando de tu corazón. Te revela que estás buscando en una criatura aquello que únicamente puede encontrarse en el Creador.
Cuando mantienes los ojos y el corazón puestos en Dios, comienzas a descubrir una alegría más estable, en lugar de vivir atrapado en ciclos interminables de deseo, frustración, reproche y condenación.
San Pedro enseña: “Su divino poder nos ha concedido cuanto se refiere a la vida y a la piedad, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su propia gloria y virtud. Por medio de ellas nos han sido concedidas las preciosas y sublimes promesas, para que por ellas os hicierais partícipes de la naturaleza divina, huyendo de la corrupción que hay en el mundo por la concupiscencia” (2 Pe 1,3-4).
Esta participación en la naturaleza divina no significa que el ser humano se convierta en Dios. Significa que, por la gracia, somos incorporados a la vida de Cristo y transformados interiormente para vivir como hijos del Padre.
No estás condenado a vivir dominado por la lujuria. Cristo ha venido para liberarte, pero esa libertad exige abrir el corazón a la gracia y colaborar sinceramente con ella.
La lucha contra la lujuria no depende únicamente de la fuerza de voluntad. Requiere oración, vigilancia, custodia de los sentidos, confesión frecuente, participación en la Eucaristía, acompañamiento espiritual y decisiones concretas que retiren las ocasiones de pecado.
Deja que las promesas de Dios abran camino en tu corazón. A diario recibe el amor incondicional que Cristo te ha manifestado en la cruz y aprende a vivir agradecido por todo lo que Dios te ha concedido.
Después, vuelve a poner los ojos y el corazón en tu cónyuge. Reconoce en él o en ella a la persona concreta con quien has celebrado una alianza delante de Dios.
Aprende a agradecer su presencia, su historia, sus cualidades y también la oportunidad de amarse y santificarse mutuamente.
El libro de los Proverbios invita al esposo a encontrar alegría en el amor conyugal: “Sea bendita tu fuente, y encuentra tu alegría en la mujer de tu juventud” (Pr 5,18).
El amor matrimonial no se alimenta de fantasías, comparaciones ni secretos. Se edifica en la fidelidad, en la entrega cotidiana, en la ternura, en la verdad y en el respeto por la dignidad del otro.
San Juan advierte: “No améis al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguien ama al mundo, el amor del Padre no está en él” (1 Jn 2,15).
En este pasaje, la palabra “mundo” no se refiere a la creación, que es buena porque procede de Dios, ni al amor debido a las personas. Se refiere al espíritu mundano que se opone a Dios y que convierte el placer, el poder y la posesión en falsos absolutos.
La lujuria promete una satisfacción inmediata, pero termina dejando vacío, culpa y esclavitud. El amor de Dios, en cambio, conduce hacia la libertad y la vida plena que Cristo ofrece, aun cuando ese camino exija esfuerzo, renuncia, conversión y cruz.
El desafío de hoy
Identifica cualquier objeto de deseo desordenado que haya comenzado a ocupar el lugar que sólo Dios debe tener en tu corazón.
Puede tratarse de una relación inapropiada, contenido en internet, pornografía, una fantasía, la ambición por el dinero, el reconocimiento, una posesión material o cualquier hábito que esté debilitando tu amor por Dios y por tu cónyuge.
Decide hoy dar un paso concreto para apartarte de esa ocasión de pecado.
Si es necesario, elimina aplicaciones, bloquea páginas, rompe una relación que te aleja de Dios, busca acompañamiento espiritual o pide ayuda profesional cuando la situación lo requiera.
El amor verdadero no se conforma con evitar el pecado; busca vivir en la libertad de los hijos de Dios.
Pregúntate con sinceridad:
- ¿Qué deseo está ocupando un lugar que sólo pertenece a Dios?
- ¿Estoy agradeciendo el matrimonio y la vida que Dios me ha regalado?
- ¿Qué decisión concreta puedo tomar hoy para vivir con mayor pureza y libertad?
Oración que puedes realizar
Señor Jesús,
Tú conoces mi corazón mejor que yo mismo.
Sabes cuáles son mis luchas, mis tentaciones y aquellos deseos desordenados que intentan apartarme de Ti.
Hoy quiero reconocer que sólo Tú puedes llenar plenamente mi vida.
Perdóname por las veces en que he buscado la felicidad donde nunca podía encontrarla.
Purifica mi mirada, mis pensamientos, mis deseos y mis intenciones.
Dame un corazón limpio, capaz de amar con libertad, fidelidad y respeto.
Ayúdame a custodiar mis sentidos y a rechazar toda ocasión de pecado que quiera alejarme de Ti y de mi matrimonio.
Que nunca vea a las personas como objetos para satisfacer mis deseos, sino como hijos e hijas amados por Dios, creados a su imagen y semejanza.
Enséñame a mirar nuevamente a mi esposo o a mi esposa con gratitud, con ternura y con el amor con el que Tú nos has amado.
Dame humildad para acudir con frecuencia al sacramento de la Reconciliación, alimentarme de la Eucaristía y permanecer unido a Ti en la oración.
Fortalece mi voluntad para rechazar todo aquello que quiera esclavizar mi corazón y hazme crecer cada día en la virtud de la castidad, según el estado de vida al que me has llamado.
Que tu gracia transforme mis deseos para que aprenda a buscar siempre aquello que conduce a la vida eterna y al verdadero amor.
Amén.