DÍA 26: EL AMOR ES RESPONSABLE
“Por eso, no tienes excusa, quienquiera que seas, tú que juzgas, pues juzgando a otro, a ti mismo te condenas, ya que tú, el juez, haces lo mismo.” (Rm 2,1)
Meditación
El desafío de hoy puede resultar difícil. Sin embargo, si buscas la fortaleza y la sabiduría de Dios, podrás llevarlo a cabo.
Si permites que el Señor te muestre con sinceridad aquello que necesitas corregir, este día puede convertirse en un momento importante para tu matrimonio.
Por eso, procura concentrarte en aquello que Dios quiere enseñarte y disponte a seguir su guía.
Hoy hablaremos de la responsabilidad personal.
Es una cualidad que todos reconocemos como necesaria, pero que muchas veces esperamos encontrar primero en los demás.
A las personas les cuesta reconocer sus propios errores. Lo vemos en la vida pública, en las relaciones familiares y en situaciones cotidianas. Con frecuencia, se buscan explicaciones para justificar las propias decisiones y se atribuye a otros la responsabilidad de los resultados.
Sin embargo, este problema no pertenece únicamente a otras personas.
Para encontrar a alguien capaz de ofrecer una excusa por cada acción, muchas veces basta con mirarnos en el espejo.
Somos rápidos para justificar nuestras intenciones, hábiles para desviar las críticas y muy dispuestos a señalar las faltas de los demás, especialmente las de nuestro cónyuge.
En general, creemos que nuestra opinión es la correcta, o al menos más razonable que la de la otra persona. También solemos pensar que, dadas las mismas circunstancias, nosotros habríamos actuado de una manera mejor.
Nos parece que tenemos buenas razones para explicar nuestros errores, pero observamos con mucha menos indulgencia las equivocaciones del otro.
Jesús describió claramente esta tendencia: “¿Cómo es que miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano y no reparas en la viga que hay en tu propio ojo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: ‘Hermano, deja que saque la brizna que hay en tu ojo’, no viendo tú mismo la viga que hay en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la brizna que hay en el ojo de tu hermano” (Lc 6,41-42).
La responsabilidad comienza cuando dejamos de señalar al otro y permitimos que Dios examine nuestro corazón.
Asumir la propia responsabilidad no significa cargar con culpas que no nos corresponden, sino reconocer con humildad aquello que realmente hemos pensado, dicho, hecho u omitido.
El amor no culpa automáticamente al otro ni justifica con facilidad las propias intenciones egoístas.
Tampoco desprecia su propio crecimiento espiritual o emocional. El amor procura el bien personal, pero no de una forma egoísta: reconoce que crecer en virtud también permite amar mejor al cónyuge.
Cuando el amor se hace responsable de sus acciones, no lo hace para demostrar nobleza ni para colocarse por encima de los demás. Lo hace para admitir con humildad cuánto necesita corregir.
El amor no pone excusas permanentes. Se esfuerza por promover un cambio verdadero en la propia vida y en la manera de relacionarse dentro del matrimonio.
Mira primero tu propia conducta
La próxima vez que te encuentres en medio de una discusión con tu cónyuge, en lugar de preparar inmediatamente una defensa o enumerar sus errores, detente a escuchar con sinceridad.
Pregúntate si existe algo verdadero en lo que tu esposo o tu esposa está tratando de comunicarte.
¿Qué sucedería si, en vez de culpar primero al otro, reconocieras aquello en lo que tú has fallado?
La Escritura enseña: “Una reprensión hace más efecto en el hombre inteligente que cien golpes en el necio” (Pr 17,10).
El amor responsable está dispuesto a admitir y corregir sus defectos y errores con franqueza.
Esto exige humildad. No se trata de declararte culpable de todo ni de aceptar acusaciones injustas. Se trata de reconocer honestamente la parte que sí te corresponde.
Quizá tu cónyuge tenga también faltas graves que reconocer. Su responsabilidad no desaparece porque tú examines primero la tuya.
Sin embargo, no necesitas esperar a que el otro cambie para comenzar tu propia conversión.
San Pablo recuerda: “Cada uno llevará su propia carga” (Ga 6,5).
El amor se preocupa por las necesidades del otro
Ser responsable también significa preguntarte si estás cumpliendo con amor las obligaciones que libremente asumiste en el matrimonio.
¿Te haces responsable de cuidar la relación? ¿Escuchas a tu cónyuge? ¿Procuras conocer sus necesidades legítimas? ¿Buscas el bien de tu hogar?
El amor nos llama a preocuparnos por el otro sin convertirnos en responsables absolutos de su conducta, de sus emociones o de todas sus decisiones.
Cada esposo conserva su libertad y su responsabilidad personal. Sin embargo, ambos están llamados a ayudarse mutuamente en el camino de la santidad.
San Pablo exhorta a los cristianos: “No buscando cada cual su propio interés, sino el de los demás” (Flp 2,4).
Esto no significa descuidarse a uno mismo, sino vencer el egoísmo y aprender a considerar sinceramente el bien de la persona que Dios ha puesto a nuestro lado.
Reconocer el pecado delante de Dios
Quizá pase algún tiempo antes de que una persona desarrolle un corazón verdaderamente arrepentido.
El orgullo se resiste a asumir responsabilidades, pero la humildad y la sinceridad delante de Dios son esenciales para una relación sana.
Esto no significa que siempre estés equivocado ni que tu cónyuge siempre tenga razón. Tampoco quiere decir que debas permitir acusaciones falsas o asumir responsabilidades que pertenecen al otro.
Significa que, cuando realmente has pecado, herido, descuidado o actuado injustamente, debes reconocerlo sin buscar una excusa para evitar la verdad.
La primera carta de san Juan afirma: “Si decimos: ‘No tenemos pecado’, nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Si reconocemos nuestros pecados, fiel y justo es él para perdonarnos los pecados y purificarnos de toda injusticia” (1 Jn 1,8-9).
El cristiano está llamado a reconocer sus pecados delante de Dios y a recibir su misericordia.
Esta misericordia se nos ofrece de una manera privilegiada en el Sacramento de la Reconciliación, instituido por Cristo cuando confió a sus apóstoles el ministerio de perdonar los pecados: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos” (Jn 20,22-23).
Confesarse sacramentalmente no es una humillación estéril. Es acercarse a Cristo con sinceridad para recibir su perdón, comenzar de nuevo y pedir la gracia necesaria para reparar aquello que el pecado ha dañado.
Pedir perdón y reparar el daño
Después de reconocer tu pecado ante Dios, debes preguntarte si también necesitas pedir perdón a tu cónyuge.
Jesús enseñó: “Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano” (Mt 5,23-24).
Pedir perdón no consiste únicamente en decir: “Lo siento”.
Implica reconocer con claridad la ofensa, evitar las justificaciones y mostrar disposición para reparar, en la medida de lo posible, las consecuencias de nuestras acciones.
Puedes decir: “Lo que hice estuvo mal. Comprendo que te herí. No tengo excusa. Te pido perdón y quiero corregir mi conducta”.
Si mentiste, debes comprometerte con la verdad. Si descuidaste una responsabilidad, debes comenzar a cumplirla. Si dañaste la confianza, deberás reconstruirla con paciencia, coherencia y transparencia.
El arrepentimiento cristiano siempre busca la conversión y, cuando es posible, la reparación del daño.
Sin embargo, no puedes exigir que tu cónyuge reaccione inmediatamente como deseas. Quizá necesite tiempo para procesar lo sucedido o para comprobar que tu cambio es verdadero.
La responsabilidad de confesar tu falta y corregir tu conducta no depende de la respuesta del otro.
La reconciliación plena requiere la colaboración de ambas partes, pero tú puedes comenzar cumpliendo con sinceridad aquello que te corresponde.
Trabaja sinceramente por la reconciliación
Dios desea que trabajemos con sinceridad por la reconciliación y por la reparación del daño cuando sea posible.
Esto no significa resolver precipitadamente todos los problemas ni fingir que una conversación basta para sanar heridas profundas.
Algunas situaciones requieren tiempo, perseverancia, dirección espiritual, acompañamiento matrimonial o ayuda profesional.
Pero no debes utilizar la dificultad como excusa para evitar indefinidamente la responsabilidad.
Pregúntate con sinceridad:
- ¿He herido a mi cónyuge y nunca le he pedido perdón?
- ¿Suelo justificarme antes de escuchar lo que intenta decirme?
- ¿Reconozco mis errores o siempre encuentro una manera de culpar a los demás?
- ¿Estoy dispuesto a reparar las consecuencias de mis decisiones?
Pídele a Dios que te muestre aquello en lo que has fallado. No para aplastarte con la culpa, sino para conducirte a la verdad, al arrepentimiento y a una forma más auténtica de amar.
El desafío de hoy
Separa un tiempo para orar por las áreas de tu vida matrimonial en las que reconoces haber actuado mal.
Pídele perdón a Dios con sinceridad y, si has cometido pecados graves, acércate al Sacramento de la Reconciliación.
Después, pide humildad y prudencia para hablar con tu cónyuge.
Reconoce tu falta sin añadir inmediatamente un reproche, una justificación o una lista de sus errores.
Puedes decir: “Reconozco que actué mal en esto. Comprendo que te herí y te pido perdón. Quiero reparar el daño y cambiar mi conducta”.
No importa cómo responda en ese momento. Cumple con sinceridad tu responsabilidad en el amor.
Si responde con una crítica verdadera, escúchala con humildad. Si responde injustamente, no aceptes una culpa falsa, pero evita utilizar su reacción como excusa para retirar tu arrepentimiento.
Pregúntate:
- ¿Qué falta concreta debo reconocer hoy?
- ¿Qué necesita ver mi cónyuge para saber que mi arrepentimiento es más que simples palabras?
- ¿Qué puedo hacer para comenzar a reparar el daño?
Oración que puedes realizar
Señor,
hoy me presento delante de Ti con sinceridad.
Tú conoces mis pensamientos, mis palabras, mis acciones y también las veces en que he dejado de hacer el bien que me correspondía.
Ayúdame a dejar de señalar únicamente los errores de mi cónyuge y a reconocer con humildad aquello que necesita cambiar en mí.
Líbrame del orgullo que se justifica, de la dureza que no escucha y de la costumbre de culpar a los demás.
Dame luz para reconocer mis pecados sin cargar con culpas que no me corresponden.
Perdóname por las veces en que he herido a mi esposo o a mi esposa con mis palabras, mis actitudes, mis omisiones o mis decisiones.
Concédeme la humildad de acercarme al Sacramento de la Reconciliación y recibir tu misericordia con un corazón verdaderamente arrepentido.
Enséñame a pedir perdón sin excusas, sin reproches y sin intentar disminuir la gravedad de mis acciones.
Dame fortaleza para reparar, en la medida de lo posible, aquello que haya dañado.
Que mis palabras estén acompañadas de decisiones concretas, perseverancia y un cambio verdadero de conducta.
Ayúdame también a escuchar las correcciones que puedan conducirme hacia el bien, sin responder inmediatamente con enojo o defensas.
Te entrego la respuesta de mi cónyuge. No permitas que su reacción me aparte de la responsabilidad que me corresponde asumir.
Restaura en nosotros la verdad, la confianza y la disposición de trabajar sinceramente por la reconciliación.
Que nuestro matrimonio no se sostenga en excusas ni acusaciones, sino en la humildad, la misericordia y la gracia que proceden de Ti.
Amén.