Día 40
El amor es una alianza
«De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió no lo separe el hombre».
Mateo 19,6
Felicidades.
Has llegado al último día de este desafío.
Durante estos cuarenta días has reflexionado sobre la paciencia, la bondad, el perdón, la fidelidad, la oración, la intimidad, el sacrificio y la perseverancia.
Quizá hayas descubierto errores que antes no reconocías.
Tal vez comenzaste a mirar a tu cónyuge con mayor misericordia.
Quizá comprendiste que muchos problemas de tu matrimonio no podían solucionarse solamente intentando cambiar a la otra persona.
También necesitabas permitir que Dios trabajara dentro de tu propio corazón.
Sin embargo, haber llegado al Día 40 no significa que el desafío haya terminado.
En realidad, apenas comienza.
El amor no es una tarea que se completa y después se guarda en un cajón.
Es una decisión que debe renovarse cada día durante toda la vida.
El matrimonio no es solamente un contrato entre dos personas.
Es una alianza sagrada entre un hombre, una mujer y Dios.
Un contrato y una alianza no son lo mismo
Un contrato suele establecer las obligaciones de cada persona, las condiciones del acuerdo y las consecuencias que existirán si alguna de las partes deja de cumplirlo.
Muchas veces también incluye una fecha de vencimiento o una manera de terminar la relación.
La persona permanece mientras el acuerdo le resulte conveniente y mientras la otra parte cumpla aquello que prometió.
Pero una alianza es diferente.
Una alianza no se sostiene únicamente sobre un intercambio de beneficios.
Se fundamenta en la entrega, la fidelidad y la palabra dada.
En el matrimonio, el esposo no dice:
“Permaneceré contigo mientras nunca me decepciones, mientras siempre estés de acuerdo conmigo y mientras nuestro matrimonio resulte fácil”.
Tampoco la esposa promete:
“Te amaré solamente mientras cumplas todas mis expectativas y mientras yo reciba exactamente lo que deseo”.
Ambos se entregan mutuamente y prometen permanecer fieles en la salud y en la enfermedad, en la prosperidad y en la adversidad, todos los días de su vida.
Es una promesa pronunciada delante de Dios.
Es una palabra que no debe depender de las emociones cambiantes, de los problemas económicos, de la apariencia física, de la rutina ni de las temporadas difíciles.
La alianza matrimonial permanece porque su fundamento no es solamente la satisfacción personal.
Su fundamento es la fidelidad.
El contrato pregunta: “¿Qué estoy recibiendo?”.
La alianza pregunta: “¿Cómo puedo permanecer fiel a lo que prometí delante de Dios?”.
Dios también ha hecho alianzas con su pueblo
La Biblia contiene grandes alianzas que forman parte de la historia de la salvación.
Dios estableció una alianza con Noé y colocó el arcoíris como señal de su promesa.
Hizo una alianza con Abraham y le prometió una descendencia numerosa.
Estableció su alianza con Moisés y llamó al pueblo de Israel a vivir según sus mandamientos.
Hizo una alianza con David y le prometió que su reino tendría una descendencia permanente.
Finalmente, por medio de Jesucristo, estableció la Nueva Alianza sellada con su propia sangre.
Cada una de estas alianzas nos muestra que Dios es fiel.
Aunque su pueblo fue débil, desobediente e inconstante, Dios continuó llamándolo, corrigiéndolo y ofreciéndole un camino para regresar.
Su fidelidad no significa que apruebe el pecado.
Significa que no abandona su propósito de salvar, sanar y restaurar.
«Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros».
Lucas 22,20
Estas alianzas también inspiran a los esposos cristianos.
Nos recuerdan que no entramos solos en el matrimonio.
Cuando un hombre y una mujer se entregan mutuamente delante de Dios, Él se compromete a acompañarlos con su gracia.
Dios desea ayudarlos a perseverar.
Desea enseñarles a perdonar.
Desea sostenerlos durante las pruebas.
Desea ayudarlos a construir un hogar donde puedan crecer en santidad y encontrar la felicidad que nace de vivir según su voluntad.
Esto no significa que el matrimonio estará libre de dificultades.
Significa que ninguna dificultad deberá enfrentarse sin la presencia de Dios.
Cuando uno de los esposos siente que ya no puede más, todavía permanece Aquel que nunca abandona su alianza.
El matrimonio es una alianza sacramental
El matrimonio cristiano no es únicamente una ceremonia hermosa, una celebración familiar o una firma realizada ante las autoridades civiles.
Entre dos bautizados, el matrimonio ha sido elevado por Jesucristo a la dignidad de sacramento.
Esto significa que Dios utiliza la unión de los esposos como un signo visible de su gracia.
El esposo y la esposa están llamados a reflejar en su hogar el amor fiel, fecundo y sacrificado de Cristo por su Iglesia.
«Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella».
Efesios 5,25
Cristo no amó a la Iglesia solamente con palabras.
Se entregó por ella.
La alimenta con su Palabra.
La fortalece con la Eucaristía.
La purifica, la perdona, la corrige y la conduce hacia la santidad.
De manera semejante, los esposos están llamados a entregarse, cuidarse y ayudarse mutuamente a llegar al Cielo.
El sacramento no elimina las debilidades humanas.
Pero concede una gracia especial para que el esposo y la esposa puedan vivir aquello que prometieron.
Esa gracia debe ser recibida, cultivada y alimentada mediante la oración, la Eucaristía, la Confesión, el perdón y las decisiones concretas de cada día.
Dios no solamente fue testigo de tus votos.
También se hizo presente para darte la gracia necesaria para cumplirlos.
«Adonde tú vayas, iré yo»
El libro de Rut nos entrega una de las declaraciones de fidelidad más hermosas de la Sagrada Escritura.
«Adonde tú vayas, iré yo; donde tú vivas, viviré. Tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios. Donde tú mueras, moriré, y allí seré enterrada».
Rut 1,16-17
Estas palabras fueron pronunciadas por Rut a su suegra Noemí.
Sin embargo, su decisión de permanecer, acompañar y abrazar también al Dios de Noemí puede inspirar profundamente a los esposos.
Rut no conocía todos los detalles del camino que tenía delante.
No sabía cuáles serían las dificultades, cuánto tiempo duraría la pobreza ni cómo Dios proveería para ellas.
Aun así, decidió caminar junto a Noemí.
De forma semejante, una esposa puede decirle espiritualmente a su esposo:
“Caminaré contigo”.
“Oraré por ti”.
“Te ayudaré a cumplir la misión que Dios te ha confiado”.
“Deseo que juntos conduzcamos a nuestros hijos hacia el Cielo”.
Dios ha confiado al esposo una responsabilidad especial de liderazgo, entrega y servicio dentro de su hogar.
No se trata de dominar, imponer o exigir obediencia ciega.
El esposo está llamado a amar como Cristo, entregando su vida por el bien espiritual y temporal de su esposa y de sus hijos.
Su misión es proteger, servir, enseñar con el ejemplo, tomar decisiones prudentes y conducir a su familia hacia Dios.
La esposa, por su parte, no es una espectadora pasiva.
Es su ayuda, su compañera, su intercesora y la mujer con quien comparte la misión de formar un hogar santo.
Ambos poseen la misma dignidad delante de Dios y ambos deben ayudarse mutuamente a alcanzar la salvación.
El esposo no guía caminando solo delante de su familia.
Guía entregándose, sirviendo y procurando que su esposa y sus hijos caminen junto a él hacia Cristo.
Dios fue testigo de tus promesas
Con el paso de los años, algunas personas comienzan a mirar sus votos matrimoniales como palabras pronunciadas durante una ceremonia lejana.
Quizá recuerdan la música, las flores, la ropa, los invitados y la celebración.
Pero olvidan que Dios estaba presente como testigo de aquella alianza.
«Y aún hacéis otra cosa: cubrís de lágrimas el altar de Yahvé, con llantos y gemidos, porque él ya no se vuelve hacia la oblación ni la acepta con agrado de vuestras manos. Y vosotros decís: “¿Por qué?”. Porque Yahvé es testigo entre tú y la esposa de tu juventud, a la que tú traicionaste, siendo ella tu compañera y la mujer de tu alianza».
Malaquías 2,13-14
Dios toma en serio las promesas pronunciadas por los esposos.
Él escucha cuando se prometen fidelidad.
Él ve cuando se cuidan y también cuando se traicionan.
Él conoce las palabras pronunciadas en secreto, las heridas ocultas y los esfuerzos que nadie más observa.
El matrimonio no es invisible para Dios.
Él conoce cada batalla librada para protegerlo.
Conoce las lágrimas de quien continúa orando.
Conoce las tentaciones que fueron rechazadas por fidelidad.
Conoce cada ocasión en que el orgullo fue vencido para pedir perdón.
Ningún acto de amor ofrecido por fidelidad a la alianza pasa inadvertido delante de Dios.
El significado del anillo matrimonial
El anillo matrimonial no es solamente una joya ni un adorno colocado durante la ceremonia.
Es un signo visible del amor y de la fidelidad que los esposos se prometieron.
Su forma circular nos recuerda un amor que no está destinado a terminar.
El círculo no tiene un punto visible donde comience ni otro donde concluya.
Por eso representa continuidad, permanencia y eternidad.
Nos recuerda que la alianza matrimonial no fue creada para durar solamente mientras todo resulte agradable.
Fue establecida para acompañar a los esposos durante toda la vida.
Tradicionalmente, muchos anillos matrimoniales son elaborados en oro.
El oro es valioso, resistente y capaz de conservarse a través del tiempo.
Sin embargo, no es completamente rígido.
También es un metal maleable que puede ser trabajado, moldeado y restaurado.
Esa característica ofrece una hermosa imagen del matrimonio.
El amor necesita ser fuerte para resistir las pruebas.
Pero también necesita humildad, flexibilidad y disposición para adaptarse a las distintas etapas de la vida.
Los esposos cambian.
Sus cuerpos cambian.
Sus responsabilidades cambian.
Llegan los hijos, las enfermedades, las pérdidas, las mudanzas, las dificultades económicas y el envejecimiento.
Un matrimonio fuerte no es aquel que nunca cambia.
Es aquel que aprende a adaptarse sin romper la alianza.
El oro también es refinado mediante el fuego.
De manera semejante, muchas pruebas pueden purificar el amor matrimonial, retirando el egoísmo, la inmadurez y las expectativas irreales.
No porque el sufrimiento sea deseable en sí mismo, sino porque Dios puede utilizar las dificultades para fortalecer aquello que los esposos deciden entregarle.
El anillo se lleva públicamente.
No permanece escondido.
Declara delante de los demás que existe una alianza que debe ser respetada y protegida.
También le recuerda a quien lo lleva que su corazón, su cuerpo y su fidelidad ya han sido entregados a su cónyuge.
El anillo matrimonial representa:
Un círculo sin final, como el amor que está llamado a permanecer.
Un metal valioso, como el tesoro de la alianza matrimonial.
Una materia resistente, como la fidelidad que soporta las pruebas.
Una materia maleable, como el corazón que aprende a ceder, adaptarse y dejarse transformar por Dios.
Un signo visible, como el testimonio público de que los esposos se pertenecen y han prometido cuidarse.
Lo que Dios unió no lo separe el hombre
Cuando Jesús habló del matrimonio, no lo presentó como una unión temporal que pudiera abandonarse cuando aparecieran las primeras dificultades.
Recordó el plan de Dios desde la creación:
«Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió no lo separe el hombre».
Mateo 19,5-6
Jesús no dijo solamente que dos personas decidieron vivir juntas.
Dijo que Dios las unió.
Esa expresión cambia completamente la manera de comprender el matrimonio.
La alianza no depende únicamente de la voluntad humana.
Dios actúa en ella.
Dios toma a dos personas con historias, personalidades, heridas, virtudes y debilidades diferentes, y las llama a convertirse en una sola carne.
Por eso el matrimonio no debe romperse por impulsos, cansancio, orgullo, tentaciones o interferencias externas.
Ninguna amistad indebida, familiar entrometido, amante, consejo irresponsable, deseo pasajero ni dificultad temporal tiene autoridad para destruir lo que Dios ha unido.
Tampoco los esposos deben tratar su alianza como algo desechable.
Cuando aparezcan los problemas, su primera pregunta no debería ser:
“¿Cómo puedo escapar de este matrimonio?”.
Debería ser:
“¿Qué debemos cambiar, sanar, aprender y entregar a Dios para proteger lo que Él ha unido?”.
Habrá momentos en los que sea necesario buscar ayuda.
Puede ser necesario acudir a un sacerdote, recibir acompañamiento matrimonial, buscar terapia, establecer límites o enfrentar seriamente una conducta destructiva.
Si existe maltrato físico, abuso o peligro para uno de los esposos o para los hijos, se debe buscar protección y ayuda prudente.
En ciertos casos puede ser necesaria una separación mientras se trabaja por la seguridad, la conversión y la restauración.
Pero la dificultad no debe conducir automáticamente a tratar el matrimonio como un objeto que puede desecharse sin haber buscado primero la ayuda de Dios y los medios humanos necesarios.
Defender la permanencia del matrimonio no significa ignorar el pecado.
Significa luchar por la conversión, la seguridad, la sanación y la restauración de aquello que Dios ha unido.
La alianza necesita ser cuidada
Una alianza no se conserva únicamente recordando el día de la boda.
Debe ser cuidada mediante las decisiones diarias.
Se protege cuando un esposo rechaza una conversación que podría conducirlo a la infidelidad.
Se protege cuando una esposa evita hablar de su esposo con desprecio delante de otras personas.
Se protege cuando ambos son transparentes con el dinero.
Se protege cuando reconocen sus errores sin justificar constantemente su conducta.
Se protege cuando buscan ayuda antes de que el resentimiento se convierta en indiferencia.
Se protege cuando oran por la santidad del otro.
Se protege cuando enseñan a sus hijos a respetar a su padre y a su madre.
Se protege cuando no permiten que otras personas ocupen emocionalmente el lugar que corresponde al cónyuge.
Se protege cuando continúan eligiéndose incluso después de muchos años.
Quizá tu anillo matrimonial continúa en tu mano.
Pero hoy debes preguntarte si tus decisiones también continúan honrando lo que ese anillo representa.
La alianza no se protege solamente evitando el divorcio.
Se protege amando, respetando, sirviendo, siendo fiel y cuidando cada día el corazón de la persona que Dios te confió.
La felicidad matrimonial también se construye
Algunas personas piensan que perseverar en el matrimonio significa resignarse a vivir toda la vida en tristeza.
Pero Dios no desea que los esposos simplemente sobrevivan bajo el mismo techo.
Desea enseñarles a amarse mejor.
Desea sanar sus heridas.
Desea ayudarlos a recuperar la amistad, el respeto, la ternura, la confianza y la alegría.
La felicidad matrimonial no significa que nunca habrá sufrimiento.
Significa que los esposos aprenden a enfrentar juntos las dificultades y a descubrir la presencia de Dios dentro de su historia.
Muchas veces la felicidad no regresa mediante un gesto espectacular.
Comienza con pequeñas decisiones:
Escuchar sin interrumpir.
Volver a comer juntos.
Orar antes de dormir.
Reconocer el esfuerzo del otro.
Apagar el teléfono para conversar.
Dar un abrazo sin esperar nada a cambio.
Regresar a la Eucaristía.
Pedir perdón por aquello que durante años se había evitado reconocer.
La alianza con Dios nos permite confiar en que el matrimonio no tiene que permanecer para siempre en el mismo lugar de dolor.
Con su gracia, los esposos pueden aprender, madurar, sanar y volver a disfrutar la vida que construyen juntos.
Dios no solamente desea ayudarte a permanecer casado.
También desea enseñarte a construir un matrimonio santo, unido y verdaderamente feliz.
Renueva hoy tu compromiso
Quizá han pasado pocos años desde tu boda.
Tal vez han transcurrido décadas.
Quizá todavía conservas fotografías, invitaciones, recuerdos o el vestido de aquel día.
Pero más importante que conservar los objetos es conservar vivo el compromiso.
Hoy puedes renovar interiormente tu decisión de amar.
No porque nunca hayas fallado.
No porque tu matrimonio sea perfecto.
Sino porque reconoces que Dios continúa llamándote a vivir con fidelidad la alianza que un día aceptaste.
Renovar tus promesas no significa celebrar nuevamente el sacramento.
El vínculo matrimonial no necesita ser creado otra vez.
Significa recordar, agradecer y reafirmar delante de Dios aquello que ya fue prometido.
En un aniversario especial, pueden hablar con un sacerdote y preguntarle por la posibilidad de recibir una bendición o realizar una renovación de sus promesas matrimoniales.
Puede hacerse de manera sencilla o en presencia de sus hijos y familiares.
No como una demostración de que nunca tuvieron problemas.
Sino como testimonio de que Dios ha permanecido fiel y los ha sostenido a través de cada etapa.
Renovar las promesas matrimoniales no significa comenzar otra alianza.
Significa reconocer con gratitud que la alianza continúa viva y volver a comprometer el corazón con ella.
Después de estos cuarenta días
Quizá algunas cosas hayan cambiado dentro de tu matrimonio.
Tal vez otras continúan exactamente igual.
Puede ser que tu cónyuge haya respondido favorablemente.
También puede ser que todavía se encuentre distante.
No permitas que los resultados inmediatos determinen el valor de lo que Dios ha comenzado en ti.
El amor aprendido durante estos días debe continuar.
Continúa orando.
Continúa perdonando.
Continúa protegiendo tu fidelidad.
Continúa cuidando tus palabras.
Continúa buscando consejo sabio.
Continúa acercándote a los sacramentos.
Continúa permitiendo que Dios transforme tu manera de amar.
No has llegado al final del amor.
Has llegado al momento de convertir todo lo aprendido en una forma permanente de vida.
El verdadero desafío comienza cuando ya no existe una página indicándote qué debes hacer hoy.
Ahora debes permitir que el amor se convierta en tu decisión diaria.
El desafío de hoy
Escribe una renovación personal de tus promesas matrimoniales.
Recuerda el día de tu boda y aquello que prometiste delante de Dios.
Reconoce con humildad las ocasiones en que no has vivido completamente esas promesas.
Agradece a tu cónyuge por los años, sacrificios, alegrías y pruebas que han compartido.
Después, expresa tu decisión de continuar protegiendo la alianza matrimonial.
Puedes escribir:
“Hoy recuerdo con gratitud la alianza que hicimos delante de Dios”.
“Reconozco que no siempre he amado como prometí y te pido perdón por las heridas que he causado”.
“Con la ayuda de Dios, renuevo mi decisión de serte fiel, respetarte, cuidarte y buscar siempre tu bien”.
“Deseo caminar contigo y ayudarte a conducir a nuestra familia hacia Cristo”.
“No confío solamente en mis propias fuerzas, sino en la gracia de Dios, que fue testigo de nuestras promesas y continúa sosteniendo nuestra alianza”.
Coloca esta renovación en un lugar especial de tu hogar o entrégasela a tu cónyuge.
También pueden conservarla junto a una fotografía de su boda, la Sagrada Escritura, un crucifijo o algún recuerdo importante de su matrimonio.
Si ambos lo desean, consideren hablar con un sacerdote para realizar posteriormente una renovación de sus promesas matrimoniales y recibir una bendición.
Que este gesto no sea solamente una emoción de hoy, sino el comienzo de una nueva etapa de fidelidad, oración y amor.
Oración que puedes realizar
Señor, gracias por haberme permitido llegar al final de estos cuarenta días.
Gracias por cada enseñanza, corrección y oportunidad que me has concedido para aprender a amar mejor.
Gracias porque Tú eres un Dios fiel que nunca abandona sus promesas.
Tú hiciste alianzas con tu pueblo y, aun cuando los seres humanos fueron débiles, continuaste llamándolos hacia Ti.
Gracias por la Nueva Alianza sellada con la sangre de Jesucristo.
Gracias porque mediante su sacrificio nos has ofrecido perdón, salvación y vida eterna.
Hoy también te doy gracias por la alianza de mi matrimonio.
Gracias por la persona que colocaste a mi lado.
Gracias por nuestra historia, por los días felices y también por las pruebas que nos han enseñado a depender más de Ti.
Perdóname por las ocasiones en que he tratado nuestro matrimonio como un contrato condicionado a recibir aquello que yo deseaba.
Perdóname por las veces en que olvidé que mis promesas fueron pronunciadas delante de Ti.
Perdóname cuando permití que el orgullo, el resentimiento, la indiferencia o el egoísmo debilitaran nuestra unión.
Perdóname por las palabras que hirieron, por los silencios que castigaron y por las ocasiones en que no protegí el corazón de mi cónyuge.
Sana las heridas que yo haya causado.
Concédeme humildad para reconocerlas y valentía para repararlas.
Señor, enséñame a comprender que el matrimonio es una alianza sagrada.
Ayúdame a permanecer fiel no solamente cuando todo sea fácil, sino también durante las pruebas, el cansancio y la incertidumbre.
Recuérdame que Tú no eres solamente testigo de nuestra alianza.
Tú eres también la fuente de la gracia que necesitamos para vivirla.
Fortalece a mi esposo para que pueda ejercer su misión con amor, sabiduría, humildad y espíritu de servicio.
Ayúdalo a conducir nuestro hogar hacia Ti y a ser ejemplo de fe para nuestros hijos.
Enséñame a caminar a su lado, a orar por él, a apoyarlo y a colaborar con él en la misión que nos has confiado.
Haz que ambos reconozcamos nuestra igual dignidad y nuestras responsabilidades dentro de la familia.
Permite que juntos guiemos a nuestros hijos hacia el Cielo.
Que en nuestro hogar aprendan a conocerte, amarte, obedecerte y confiar en Ti.
Cuando contemple mi anillo matrimonial, recuérdame lo que representa.
Que su forma circular me recuerde un amor que está llamado a permanecer.
Que el valor de su metal me recuerde el tesoro que has puesto en mis manos.
Que su resistencia me recuerde que la fidelidad debe permanecer firme durante las pruebas.
Que su maleabilidad me enseñe a ser humilde, flexible y dispuesto a cambiar aquello que debe ser transformado en mí.
Purifica nuestro amor como el oro es purificado en el fuego.
Retira de nosotros el egoísmo, el orgullo, la dureza de corazón y todo aquello que pueda separarnos.
Señor, protege lo que Tú has unido.
No permitas que ninguna persona, tentación, herida o dificultad destruya nuestra alianza.
Danos discernimiento para identificar todo aquello que amenaza nuestro matrimonio.
Danos firmeza para cerrar las puertas a la infidelidad, los secretos, las adicciones y las relaciones indebidas.
Ayúdanos a buscar ayuda antes de que las heridas se conviertan en resentimiento y la distancia se convierta en indiferencia.
Si estamos atravesando una situación grave, condúcenos hacia un sacerdote prudente y hacia las personas capacitadas para ayudarnos.
Protege a quien se encuentre en peligro y no permitas que confundamos perseverancia con tolerar el pecado o el maltrato.
Pero tampoco permitas que abandonemos precipitadamente la alianza sin haber buscado tu ayuda, tu dirección y los caminos posibles de restauración.
Señor, no permitas que nos conformemos únicamente con permanecer bajo el mismo techo.
Enséñanos a ser verdaderamente felices en nuestro matrimonio.
Devuélvenos la amistad, la ternura, la confianza, la alegría y el deseo de compartir la vida.
Ayúdanos a disfrutar nuevamente de las pequeñas cosas.
Enséñanos a conversar, reír, escucharnos, acompañarnos y reconocernos mutuamente.
Que nuestra felicidad no dependa de una vida perfecta, sino de saber que caminamos juntos bajo tu mirada.
Hoy renuevo delante de Ti mi deseo de proteger mis promesas matrimoniales.
Renuevo mi decisión de amar, respetar, servir, perdonar y permanecer fiel.
Renuevo mi compromiso de buscar el bien de mi cónyuge, el bien de nuestro matrimonio y el bien de nuestra familia.
No confío solamente en mis fuerzas.
Confío en tu gracia.
Cuando yo sea débil, sé Tú nuestra fortaleza.
Cuando estemos confundidos, sé Tú nuestro camino.
Cuando las heridas oscurezcan nuestro amor, sé Tú nuestra luz.
Cuando sintamos que ya no podemos continuar, recuérdanos que tu fidelidad nunca termina.
Haz de nuestro matrimonio un signo del amor de Cristo por su Iglesia.
Que nuestros hijos puedan mirar nuestra historia y descubrir que Tú eres capaz de sostener, sanar y renovar una familia.
Que nuestro hogar sea una escuela de amor, fidelidad, misericordia y santidad.
Y cuando lleguemos al final de nuestra vida, permite que podamos mirar atrás y darte gracias por habernos ayudado a caminar juntos.
Que ninguno de nosotros llegue solo al Cielo.
Que podamos presentarnos delante de Ti con nuestros hijos y decirte que, con tu gracia, protegimos la familia que nos confiaste.
En el nombre de Jesús.
Gracias, Señor.
Este libro no solo quedó terminado.
Quedó transformado.
No escribimos estas páginas porque tengamos un matrimonio perfecto. Las escribimos porque Dios nos ha ido enseñando, poco a poco, a amar mejor.
«Lo que Dios unió no lo separe el hombre».
Mateo 19,6