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Día 33

El amor reconoce que necesita al otro

«Más valen dos que uno solo, pues obtienen mayor ganancia de su esfuerzo. Si uno cae, el otro levanta a su compañero».

Eclesiastés 4,9-10

Dios no creó el matrimonio uniendo a dos personas idénticas.

Unió a un hombre y a una mujer, distintos entre sí, y los llamó a convertirse en una sola carne.

Esta expresión bíblica no significa que los esposos pierdan su personalidad, su inteligencia o sus dones particulares. Significa que comienzan una comunión de vida en la que aprenden a caminar juntos, a sostenerse mutuamente y a poner sus diferencias al servicio de una misma vocación.

El esposo no existe para reemplazar a Dios en la vida de su esposa, ni la esposa puede llenar por sí sola todo el corazón de su esposo. Solo Dios puede colmar plenamente el alma humana.

Sin embargo, dentro del matrimonio, Dios entrega al esposo y a la esposa como ayuda mutua, compañía, consuelo, corrección y apoyo en el camino hacia la santidad.

Dios no te dio un cónyuge para que pensara exactamente como tú.

Muchas veces te lo dio para que pudiera ver aquello que tú no estás viendo.

Las diferencias no siempre son un defecto

Las diferencias de carácter, temperamento, experiencia y sensibilidad pueden convertirse en una fuente frecuente de conflictos.

Uno puede ser más rápido para decidir, mientras el otro necesita analizar cada detalle.

Uno puede advertir inmediatamente los riesgos económicos, mientras el otro descubre oportunidades que todavía nadie había considerado.

Uno puede ser más firme al establecer límites con los hijos, mientras el otro comprende con mayor facilidad lo que ellos están sintiendo.

Uno puede tener facilidad para administrar el dinero, organizar documentos o planificar el futuro, mientras el otro sabe resolver problemas prácticos, proteger el hogar y actuar con rapidez ante una emergencia.

Uno puede percibir que una persona no es confiable, aunque todavía no pueda explicar claramente por qué. El otro puede observar hechos concretos que confirman o descartan esa inquietud.

Estas diferencias pueden producir discusiones cuando cada uno intenta demostrar que su manera de pensar es la única correcta.

Pero cuando ambos aprenden a escucharse con humildad, esas mismas diferencias se convierten en una protección para la familia.

Tu cónyuge puede ver lo que tú no ves

Quizá tu esposo nota que una compra importante comprometerá las finanzas familiares durante varios años, mientras tú solo estás mirando la emoción de adquirir algo nuevo.

Quizá tu esposa percibe que uno de sus hijos está sufriendo en silencio, aunque aparentemente continúe comportándose con normalidad.

Tal vez él advierte que una mudanza, un préstamo o una inversión contiene riesgos que todavía no habías considerado.

Tal vez ella descubre que una decisión laboral, aunque parezca económicamente conveniente, terminará alejándote de Dios, de tu familia o de la misión que el Señor te ha confiado.

En ocasiones, el cónyuge puede expresar una preocupación que no sabe explicar perfectamente. No por eso debe ser ridiculizado o ignorado.

Escuchar no significa aceptar ciegamente todo lo que el otro dice. Significa recibir su opinión con respeto, examinarla con prudencia y reconocer que Dios puede servirse de tu esposo o de tu esposa para mostrarte algo que tú no habías percibido.

La esposa de Pilato: una advertencia que fue ignorada

El Evangelio relata que, mientras Pilato se encontraba sentado en el tribunal, su esposa le envió un mensaje:

«No te metas con ese justo, porque hoy he sufrido mucho en sueños por su causa».

Mateo 27,19

La advertencia de aquella mujer no anulaba el misterio de la Redención ni podía impedir el cumplimiento del plan de Dios. Sin embargo, revela una verdad humana importante: ella había percibido la gravedad de lo que estaba ocurriendo y trató de advertir a su esposo.

Pilato escuchó muchas voces aquel día, pero no actuó conforme a la advertencia que recibió sobre la inocencia de Jesús.

También dentro del matrimonio puede ocurrir que uno de los esposos perciba un peligro, una injusticia o una decisión equivocada, pero el otro no quiera escucharlo porque ya tomó una determinación.

No toda intuición es necesariamente una revelación de Dios, ni toda opinión del cónyuge será siempre correcta. Sin embargo, el amor evita despreciar, ridiculizar o silenciar la voz de quien comparte nuestra vida.

El orgullo de tomar todas las decisiones

Uno de los mayores obstáculos para la unidad matrimonial es el orgullo de pensar:

“Yo sé lo que estoy haciendo.”

“No necesito pedirle permiso a nadie.”

“El dinero lo gano yo y puedo decidir cómo gastarlo.”

“Mis hijos son míos y yo sé cómo educarlos.”

“Ya tomé la decisión; solo te lo estoy informando.”

Estas frases destruyen lentamente la comunión matrimonial porque convierten al cónyuge en un espectador de decisiones que también afectan su vida.

Puede suceder con la compra de una casa, una deuda, un cambio de empleo, la educación de los hijos, una mudanza, una inversión, un tratamiento médico, el cuidado de los padres ancianos o la manera de servir en un apostolado.

También puede ocurrir en asuntos aparentemente pequeños: invitar a alguien a vivir en casa, prestar dinero a un familiar, comprometer el tiempo de la familia, adquirir una mascota o aceptar una responsabilidad que terminará recayendo sobre ambos.

Informar al cónyuge después de haber decidido no es lo mismo que discernir juntos.

La verdadera unidad exige conversación, escucha, oración y, en algunas ocasiones, la humildad de detenerse hasta alcanzar mayor claridad.

Escuchar no significa renunciar a tu responsabilidad

Algunos pueden temer que consultar al cónyuge signifique perder autoridad, independencia o capacidad de decisión.

Pero escuchar no te hace débil.

Pedir una opinión no significa que no sepas pensar.

Reconocer que el otro posee dones distintos no disminuye tu valor.

Al contrario, demuestra madurez y prudencia.

El matrimonio no fue creado para que dos voluntades compitan constantemente hasta descubrir cuál es más fuerte. Fue creado para que ambos aprendan a buscar juntos la voluntad de Dios.

Informar es comunicar una decisión ya tomada.

Discernir juntos es permitir que el otro participe antes de tomarla.

Aprender a agradecer la mirada del otro

Quizá en el pasado tu esposo te advirtió sobre una deuda que no podrías sostener y tú lo acusaste de ser negativo.

Tal vez tu esposa te pidió que tuvieras cuidado con una persona y tú respondiste que estaba exagerando.

Quizá uno de los dos recomendó esperar antes de mudarse, invertir, renunciar a un empleo o hacer una compra importante, pero el otro se negó a escucharlo.

También puede suceder que la opinión del cónyuge haya sido correcta, pero nunca se le haya reconocido.

Algunas personas prefieren guardar silencio antes que admitir:

“Tenías razón.”

“Gracias por advertírmelo.”

“No había considerado eso.”

“Tu opinión nos protegió de tomar una mala decisión.”

Estas palabras no humillan a quien las pronuncia.

Fortalecen la confianza y le hacen saber al cónyuge que su inteligencia, su experiencia y sus dones son valorados dentro del hogar.

El esposo necesita saber que su prudencia, su capacidad de proteger y su manera de anticipar riesgos son apreciadas.

La esposa necesita saber que su sensibilidad, sus observaciones, su intuición y su conocimiento de la familia no serán descartados como exageraciones sin importancia.

Una sola carne también significa una misión compartida

Los esposos no son dos personas que simplemente comparten una vivienda y se reparten las responsabilidades.

Son una comunidad de vida y amor llamada a construir un hogar, educar a sus hijos, administrar sus bienes, servir a Dios y ayudarse mutuamente a alcanzar la santidad.

Por eso, las decisiones importantes no deben tomarse únicamente desde la conveniencia personal.

Una nueva oportunidad laboral puede ofrecer más dinero, pero también puede destruir la convivencia familiar.

Una casa más grande puede parecer una bendición, pero quizá implique una deuda que robe la paz del hogar.

Un compromiso apostólico puede parecer muy santo, pero si se acepta sin considerar las responsabilidades matrimoniales y familiares, puede producir abandono y resentimiento.

Una ayuda económica a los padres o a otros familiares puede ser generosa, pero no debería comprometer secretamente el patrimonio que pertenece a ambos esposos.

La pregunta no debe ser únicamente:

“¿Qué quiero hacer?”

Sino: “¿Qué desea Dios para nosotros?”

Cuando ambos oran, se escuchan y examinan juntos una decisión, no siempre llegarán inmediatamente a la misma conclusión.

Pero incluso el desacuerdo puede convertirse en un instrumento de Dios para purificar las motivaciones, revelar temores ocultos y evitar decisiones apresuradas.

El desafío de hoy

Reconoce hoy que tu cónyuge posee dones, capacidades y una perspectiva que tú necesitas.

Busca una decisión que deba tomarse próximamente: puede relacionarse con las finanzas, los hijos, el trabajo, la salud, el hogar, el cuidado de sus padres, una compra o un compromiso familiar.

Pregúntale sinceramente:

“¿Qué piensas tú? Quiero comprender lo que estás viendo.”

Escucha sin interrumpir, sin defenderte inmediatamente y sin preparar una respuesta mientras el otro habla.

Si en el pasado ignoraste sus aportes, tomaste decisiones importantes sin consultarle o trataste su opinión como si no tuviera valor, reconoce con humildad lo ocurrido y pídele perdón.

Después, oren juntos para que Dios les conceda sabiduría, unidad y libertad interior para hacer su voluntad.

Oración que puedes realizar

Señor, gracias por el esposo o la esposa que pusiste a mi lado.

Perdóname por las veces en que he despreciado sus opiniones, he ignorado sus advertencias o he actuado como si solamente mi manera de pensar fuera correcta.

Perdóname por las decisiones que tomé sin consultarle, aunque sabía que también afectarían su vida, su tranquilidad y el futuro de nuestra familia.

Perdóname cuando le informé lo que ya había decidido y luego fingí que estaba buscando su opinión.

Perdóname por haber llamado exageración a sus temores sin detenerme a escuchar qué trataba de decirme.

Perdóname por haber confundido firmeza con orgullo, independencia con autosuficiencia y autoridad con la imposición de mi voluntad.

Dame humildad para reconocer que no lo veo todo, no lo comprendo todo y no siempre tengo la razón.

Ayúdame a valorar los dones que concediste a mi cónyuge.

Enséñame a reconocer su prudencia, su sensibilidad, su experiencia, su inteligencia y la manera particular en que contempla nuestra familia.

Que no me burle de aquello que todavía no comprendo.

Que no silencie su voz solamente porque contradice mis deseos.

Que sepa agradecerle cuando su consejo nos proteja, cuando su advertencia evite un problema o cuando su perspectiva nos ayude a tomar una mejor decisión.

Señor, líbranos de competir dentro de nuestro matrimonio.

No permitas que nuestras diferencias se conviertan en armas para herirnos.

Ayúdanos a poner nuestros dones al servicio del hogar que nos confiaste.

Danos sabiduría para discernir juntos nuestras finanzas, la educación de nuestros hijos, el trabajo, la salud, el servicio a nuestros padres y todas las decisiones que puedan afectar nuestra vida.

Cuando no estemos de acuerdo, concédenos paciencia para esperar, serenidad para conversar y humildad para buscar tu voluntad antes que la nuestra.

Recuérdanos que no somos enemigos ni rivales.

Somos compañeros de camino, unidos por Ti para ayudarnos, protegernos y conducirnos mutuamente hacia la santidad.

Que nuestro matrimonio sea una verdadera comunión de vida, de oración, de servicio y de amor.

En el nombre de Jesús.

«Y por encima de todo esto, revestíos del amor, que es el vínculo de la perfección».

Colosenses 3,14

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