DÍA 29: LA MOTIVACIÓN DEL AMOR
“Servid de buena gana, como quien sirve al Señor y no a los hombres.” (Ef 6,7)
Meditación
No hace falta demasiada experiencia para descubrir que tu cónyuge no siempre te motivará a amar.
Es más, muchas veces sucederá lo contrario.
Habrá días en los que te resultará difícil encontrar inspiración para demostrar tu amor. Quizá tu cónyuge no reciba bien aquello que intentas expresar o no responda como esperabas.
Así es la naturaleza de la vida. Incluso los matrimonios saludables atraviesan cambios de ánimo, cansancio, desacuerdos y momentos en los que los sentimientos no acompañan.
Sin embargo, aunque los sentimientos y las circunstancias puedan crear obstáculos para la motivación, puedes estar seguro de que no permanecerás siempre en el mismo lugar.
Cuando Dios es tu razón para amar, recibes de Él la gracia necesaria para perseverar, incluso cuando tus sentimientos son débiles o la respuesta de tu cónyuge no es la que esperabas.
Esto se debe a que todo amor verdadero tiene su fuente en Dios.
San Juan enseña: “Queridos, amémonos unos a otros, porque el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios” (1 Jn 4,7).
Tu cónyuge no debe ser la única motivación de tu amor.
La motivación más profunda es amar por Dios, con la gracia de Dios y para honrar a Dios, buscando al mismo tiempo el verdadero bien de la persona con quien has celebrado la alianza matrimonial.
Hacer las cosas por amor al Señor
Piensa en esta idea de la siguiente manera.
Cuando eras niño, tus padres establecían reglas que debías seguir. Te indicaban a qué hora ir a dormir, cuál era tu habitación, cuándo debías ayudar en la casa y cuándo tenías que terminar tus tareas antes de jugar.
Como ocurre con muchos niños, quizá te aferrabas a las reglas más de lo que deseabas obedecerlas. Tal vez obedecías para evitar una consecuencia o simplemente porque no tenías otra opción.
Pero si en el camino conociste a Cristo o recibiste una formación bíblica, probablemente escuchaste esta enseñanza: “Hijos, obedeced en todo a vuestros padres, porque esto es grato al Señor” (Col 3,20).
Si comprendías estas palabras con seriedad, descubrías que ya no respondías solamente a tus padres.
También respondías a Dios, que te pedía honrarlos y obedecerlos en todo aquello que fuera justo y conforme a su voluntad.
La obediencia cristiana nunca obliga a participar en el pecado, aceptar una injusticia ni realizar algo contrario a la dignidad humana.
Sin embargo, cuando la autoridad pide algo legítimo, responder con obediencia puede convertirse en una forma de servir al Señor.
La relación entre padres e hijos cambia cuando la principal motivación deja de ser el temor a una consecuencia y pasa a ser el deseo de agradar a Dios.
Deja de ser solamente una batalla de voluntades entre tú y una figura de autoridad, porque comprendes que, por encima de todo, deseas responder al Señor.
La motivación en el trabajo y en el servicio
Esta misma perspectiva puede transformar otras áreas de la vida.
En el trabajo, san Pablo enseña: “Todo cuanto hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres” (Col 3,23).
Esto significa que tu principal objetivo no debe ser solamente agradar al jefe, recibir reconocimiento o evitar una reprimenda.
Debes trabajar con responsabilidad, honestidad y dedicación porque, por medio de tu labor, también puedes honrar a Dios.
En el servicio, la Escritura exhorta: “Obedeced en todo a vuestros amos de la tierra, no porque os estén mirando, como quien busca agradar a los hombres, sino con sencillez de corazón, temiendo al Señor” (Col 3,22).
Todo cuanto hagas debe realizarse con sinceridad, recordando que el Señor conoce tus intenciones y ve aquello que otros no pueden ver.
San Pablo añade: “Todo cuanto hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres, conscientes de que el Señor os dará la herencia en recompensa. El Amo a quien servís es Cristo” (Col 3,23-24).
La motivación dentro del matrimonio
En el matrimonio, esta enseñanza resulta especialmente importante.
La Escritura invita a los esposos a vivir su alianza con amor, entrega y respeto mutuo.
San Pablo enseña: “Sed sumisos los unos a los otros en el temor de Cristo” (Ef 5,21).
Y añade: “Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella” (Ef 5,25).
El amor que se espera de ti dentro del matrimonio no puede depender únicamente de la dulzura, el buen humor o la respuesta favorable de tu cónyuge.
Tu esposo o tu esposa debería tener un lugar privilegiado en tu vida, no porque sea una persona perfecta, sino porque es la persona con quien has realizado una alianza delante de Dios.
Honrar al Señor debe ser una de tus motivaciones principales para amar.
Y buscar el verdadero bien de tu cónyuge no es un beneficio secundario, sino una de las formas concretas en las que honras a Dios dentro del matrimonio.
El amor entre esposos puede crecer cuando ambos aprenden a servir al Señor por medio de su entrega mutua.
La bendición que recibes al sentirte amado puede ser grande, pero tu fidelidad no debe depender solamente de recibir aquello que esperas.
Dios es la fuente del amor
Este cambio de visión es crucial para la vida cristiana.
Saber que Dios es la fuente de tu amor y de tu provisión, no solamente para tus propias necesidades sino también para amar a tu cónyuge, cambia profundamente la manera de relacionarte.
Tu esposo o tu esposa sigue siendo una persona imperfecta, pero sus limitaciones ya no deciden por completo cuánto amor estás dispuesto a ofrecer.
No amas únicamente cuando el otro se comporta como deseas. Procuras amar porque primero has sido amado por Dios.
La Escritura afirma: “Nosotros amamos, porque él nos amó primero” (1 Jn 4,19).
Esto no significa ignorar la realidad, justificar el mal ni renunciar al discernimiento y a los límites necesarios.
Significa que no permites que cada decepción, desacuerdo o cambio de ánimo destruya tu compromiso de actuar con caridad.
No amas a tu cónyuge como si fuera Dios ni colocas sobre él o sobre ella aquello que sólo pertenece al Señor.
Amas a tu cónyuge por amor al Señor y como respuesta al amor que Él ha derramado sobre ti.
Amar cuando resulta difícil
¿Se ha vuelto difícil convivir con tu cónyuge últimamente?
¿Su lentitud para superar un desacuerdo está agotando tu paciencia?
¿No puede guardar silencio? ¿Se ha vuelto distante? ¿Parece no tener disposición para escucharte?
No debes negar estas dificultades ni fingir que no existen.
Pero tampoco conviene que tu amor quede gobernado únicamente por la reacción del otro.
Ámale por amor al Señor, procurando actuar con paciencia, verdad y prudencia.
Tal vez tu esposo o tu esposa no quiera hablar de aquello que le sucede.
Quizá esté cansado, cerrado emocionalmente o preocupado por algo que todavía no sabe expresar.
Puedes mostrarle que estás dispuesto a escuchar y respetar su proceso, sin presionarlo ni reaccionar con dureza.
Si ha sido brusco contigo o no ha respondido bien a tus hijos, no debes justificar esa conducta.
Pero puedes decidir no responder con la misma dureza y buscar un momento prudente para hablar con claridad.
Ama con fidelidad y perseverancia, pero sin permitir violencia, abuso, manipulación, infidelidad persistente ni situaciones que destruyan la dignidad de la familia.
El amor cristiano no llama bueno a lo que es malo. Puede establecer límites, buscar ayuda y decir la verdad, sin abandonar la caridad.
El Espíritu Santo sostiene la caridad
El amor sostenido únicamente por emociones humanas puede debilitarse cuando las circunstancias dejan de ser favorables.
El amor motivado por Dios, en cambio, encuentra una fuente más profunda.
San Pablo enseña que “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rm 5,5).
La caridad sobrenatural no nace solamente del esfuerzo humano.
Es un don de Dios que debe ser recibido, cuidado y puesto en práctica mediante la oración, los sacramentos y la cooperación libre de la persona.
Por eso, amar por Dios no significa que nunca te cansarás ni que todo será fácil.
Significa que puedes acudir al Señor cuando tus fuerzas se agotan y pedirle que purifique tus intenciones, fortalezca tu voluntad y te enseñe a amar de una manera más semejante a Cristo.
El amor se eleva como una ofrenda a Dios cuando se devuelve en gratitud por todo lo que Él ha hecho.
Puede sostenerse aun cuando las demás razones humanas hayan perdido parte de su fuerza.
Quienes no consideran importante el matrimonio pueden dejar su amor librado al azar, esperando que mejore por sí solo.
Tú, en cambio, estás llamado a ofrecer a tu cónyuge el mejor amor posible, buscando siempre una motivación más alta: amar por Dios, con Dios y para Dios.
Cuando el amor tiene a Dios como fundamento, puede alcanzar una fidelidad, una profundidad y una perseverancia que los sentimientos por sí solos no podrían sostener.
El desafío de hoy
Antes de volver a ver a tu cónyuge hoy, dedica un momento a orar por él o por ella.
Menciona su nombre delante de Dios y presenta sus necesidades, preocupaciones y luchas.
Pídele al Espíritu Santo que purifique tus motivaciones y te ayude a amar por una razón más profunda que el estado de ánimo o la respuesta del otro.
Sin importar si hoy te resulta fácil o difícil, dile: “Te amo”.
Después, expresa ese amor realizando una acción concreta y tangible que busque verdaderamente su bien.
Puede ser escucharle con atención, ayudarle en una tarea, ofrecer una palabra de ánimo, preparar algo que necesita o acompañarle en una preocupación.
Finalmente, vuelve a orar y agradece a Dios el privilegio de amar a esa persona concreta con fidelidad, caridad y perseverancia.
Pregúntate:
- ¿Mi manera de amar depende demasiado de la respuesta de mi cónyuge?
- ¿Qué cambiaría si hoy decidiera amar por amor al Señor?
- ¿Qué acción concreta puede demostrar mi amor de una manera sincera?
- ¿Qué conducta necesito dejar de justificar para amar también desde la verdad?
Oración que puedes realizar
Señor,
Tú eres la fuente de todo amor verdadero.
Perdóname por las veces en que he amado únicamente cuando me sentía correspondido, comprendido o valorado.
Perdóname por permitir que el comportamiento de mi cónyuge determine completamente mis palabras, mis actitudes y mi disposición para amar.
Derrama tu amor en mi corazón por medio del Espíritu Santo.
Dame la gracia necesaria para perseverar cuando los sentimientos sean débiles y las circunstancias resulten difíciles.
Purifica mis motivaciones para que no ame buscando controlar, recibir reconocimiento o imponer mis deseos.
Enséñame a amar a mi esposo o a mi esposa por amor a Ti y como respuesta a todo lo que Tú has hecho por mí.
Ayúdame a buscar su verdadero bien, a honrar su dignidad y a cumplir con fidelidad la alianza que hemos celebrado delante de Ti.
Dame prudencia para no confundir el amor con la tolerancia al pecado, la injusticia o aquello que destruye nuestro hogar.
Enséñame a decir la verdad con caridad, a establecer límites cuando sean necesarios y a buscar ayuda cuando una situación supere nuestras fuerzas.
Cuando mi cónyuge se encuentre cansado, distante o herido, ayúdame a no responder solamente desde mi orgullo.
Recuérdame que yo también soy imperfecto y necesito diariamente tu paciencia y tu misericordia.
Que mi amor no quede librado al estado de ánimo ni a las circunstancias.
Hazlo fiel, perseverante, sacrificial y sostenido por tu gracia.
Que cada palabra, cada servicio y cada gesto de amor dentro de nuestro matrimonio sea una ofrenda agradable a Ti.
Amén.